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El Ermitaño
Palabras clave: Silencio · Introspección · Pausa · Retiro consciente · Búsqueda interior · Sabiduría · Soledad elegida · Escucha profunda · Claridad interna · Paciencia · Tiempo propio · Discernimiento · Guía interior · Luz interna
Preguntas:
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¿En qué áreas de tu vida anhelás un espacio de soledad o retiro interior ?
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¿Qué conversaciones postergás hoy porque aún no tenés claridad?
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¿Qué cambia cuando te das permiso para frenar?
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¿Qué hacías de niño/a cuando necesitabas refugio o calma?
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¿Qué parte tuya se protege cuando elegís el silencio?
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¿Qué descubriste sobre vos al habitar tus propios silencios?
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¿Cómo avisás al otro que necesitás espacio sin que suene a rechazo?
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¿Cómo equilibrás tu necesidad de soledad con la de conexión humana?
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¿Cuándo aprendiste, de chico/a, que era mejor callar que decir lo que sentías?
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¿Qué vínculo respetó tu silencio… y cuál no?
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El Ermitaño no se va del mundo: se corre un paso para poder entenderlo.
Es el momento de frenar, bajar el ruido y escuchar qué pasa adentro antes de seguir.
Habla de pausas necesarias, de silencios que ordenan y de tiempos propios. No es huida, es discernimiento.
En los vínculos, El Ermitaño recuerda que a veces el mayor gesto de honestidad es decir: necesito tiempo, para pensar, para procesar, para no hablar desde la confusión.
Invita a respetar el propio ritmo y a volver al encuentro con más claridad.
Cuando aparece, la pregunta no es por qué te alejás, sino qué luz estás buscando para poder regresar.
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Si El Ermitaño hablara
«He llegado al final del camino, allí donde lo impensable se presenta como un abismo. Ante esta nada, no puedo avanzar. Sólo puedo andar hacia atrás, contemplando lo ya recorrido. A cada retroceso, formo ante mí una realidad.
Entre la vida y la muerte, en una crisis continua, mantengo encendida mi linterna, mi consciencia. Me sirve, por supuesto, para guiar los pasos de quienes me siguen por la vía que he abierto. Pero brilla también para señalarme a mí mismo: he llevado a cabo toda la labor espiritual que debía hacer. Ahora, oh misterio infinito, ven en mi ayuda.
Poco a poco, he ido deshaciéndome de las ataduras. Ya no pertenezco a mis pensamientos. Mis palabras no me definen. He vencido mis pasiones: desprendido del deseo, vivo en mi corazón como en un árbol hueco. Mi cuerpo es un vehículo que veo envejecer, pasar, desvanecerse como un río de curso irresistible. Ya no sé quién soy, vivo en la ignorancia total de mí mismo. Para llegar a la luz, me adentro en la oscuridad. Para llegar al éxtasis, cultivo la indiferencia. Para llegar al amor a todo, me retiro en la soledad. Allí, en el último recoveco del universo, es donde abro mi alma como una flor de pura luz. Gratitud sin exigencia, la esencia de mi conocimiento es el conocimiento de la Esencia.
Por el camino de la voluntad, he llegado hasta la cima más alta. Soy llama, luego calor, luego luz fría. He aquí que brillo, que llamo y espero. He conocido mi soledad completa. Este ruego va directamente de mí a mi Dios interior: tengo la eternidad delante de mi espalda.
Entre dos abismos, he esperado y seguiré esperando. Ya no puedo avanzar ni retroceder por mí mismo: necesito que vengas. Mi paciencia es infinita, como tu eternidad. Si no vienes, te esperaré aquí mismo, pues esperarte se ha convertido en mi única razón de vivir. ¡Ya no me muevo! Brillaré hasta consumirme. Soy el aceite de mi propia lámpara, este aceite es mi sangre, mi sangre es un grito que te llama. Soy la llama y la llamada.
He cumplido mi cometido. Ahora sólo tú puedes continuarlo. Soy la hembra espiritual, la actividad infinita de la pasividad. Como una copa, ofrezco mi vacío para que sea colmado. Porque me he ayudado a mí mismo, ahora ayúdame Tú.»
La vía del Tarot. Alejandro Jodorowsky y Marianne Costa.